Ana Ruiz Hernández, el perfume de la albahaca y la yerbabuena

Artículo de Rafael Calero Palma

El día 22 de febrero de 1939 fallecía, en el pequeño pueblo costero francés de Colliure,  el poeta Antonio Machado, una de las voces líricas fundamentales de la poesía escrita en lengua castellana. Machado, un defensor a ultranza de la legalidad republicana, había llegado a la pequeña localidad francesa apenas tres semanas antes, huyendo de las tropas fascistas del general Franco, y lo había hecho acompañado por su hermano, el pintor e ilustrador José Machado, por la esposa de éste, Matea Monedero, y por su madre, Ana, una anciana de 84 años, frágil y enferma, a la que veneraba. Al autor de Campos de Castilla lo acompañaban además algunos amigos, como el escritor y político Corpus Barga, víctima, como el propio poeta sevillano, de la barbarie fascista.

Ana Ruiz Hernández había nacido en la ciudad de Sevilla, en el barrio de Triana, el día 25 de febrero de 1854, y aunque algunas fuentes citan el día 28 de ese mismo mes como fecha de su nacimiento, es un dato confirmado que ese día se celebró su bautizo. Su padre, Rafael Ruiz Pérez, un soriano afincado en la capital andaluza, y su madre, Isabel Hernández García, que había nacido en Totana (Murcia), regentaban una confitería en el barrio sevillano de Triana. Y allí, en el número 11 de la que hoy se conoce con el nombre de Calle Betis (cuando Ana nació se llamaba Acera del Río), vino al mundo esta mujer que acabaría pasando a la historia por ser la madre de dos insignes escritores, Antonio y Manuel, y sobre todo, por haber acompañado al primero, hasta el último suspiro de vida. Sobre ella, escribe Antonio Campoamor González, en su libro Antonio Machado 1875-1939, que era “una muchacha, con el tiempo, de belleza típicamente andaluza, exquisita personalidad velada por cierto aire de tristeza y extraordinaria dulzura, a la que aguardaba una vida difícil y desventurada.”

Poco se sabe de sus años de niñez y juventud. Pero queremos creer que fue una niña feliz. Nos la imaginamos haciendo las cosas propias de su edad en el barrio de Triana: jugar con otras niñas y niños, hacer travesuras, enfadar a su padre y a su madre, ir a la escuela. Lo que sí sabemos, porque su hijo Antonio lo contó con la voz sabia de Juan de Mairena, es cómo conoció a su futuro esposo, el abogado sevillano Antonio Machado Álvarez, conocido con el pseudónimo de “Demófilo”, y que sería uno de los antropólogos, traductores y folcloristas más ilustres del siglo XIX, especialista, ante todo, en el ámbito de la cultura flamenca. Escribió Machado:

Y fue que unos delfines, equivocando su camino a favor de la marea, se habían adentrado por el Guadalquivir llegando hasta Sevilla. De toda la ciudad llegó mucha gente atraída por el insólito espectáculo, a la orilla del río, damitas y galanes, entre ellos los que fueron mis padres, que allí se vieron por primera vez.

Nunca sabremos con exactitud si el encuentro entre la damita y el galán fue realmente como lo narra su hijo o si éste lo adornó con la sutileza de su capacidad para fabular. En cualquier caso, queremos creer que todo ocurrió tal y como cuenta el escritor, de esta manera tan poética. Sea como fuere, va a nacer un sólido amor entre Ana y Antonio. La pareja de enamorados contrae matrimonio en 1873, a la edad de 19 años, ella, y 29, él. Según las palabras de Antonio Campoamor González, Ana y Antonio “Se casaron a las dos de la tarde del día 22 de mayo de 1873 en el domicilio de la familia del novio, calle de San Pedro Mártir, número 20, ante el juez municipal del distrito de San Vicente.” De esta relación van a nacer 5 hijos varones: Manuel (1874), Antonio (1875), José (1879), Joaquín (1881), Francisco (1884) y una niña, Cipriana (1885), a la que bautizaron con el nombre de su abuela paterna, y que moriría de tuberculosis siendo una niña, según explica Carlos Benítez Vilodres en su artículo de 2014, “Familia del poeta Antonio Machado Ruiz”.

Durante los años en que la familia vive en Sevilla, van cambiando frecuentemente de vivienda: recién casados se instalan en el nº 20 de la calle de San Pedro Mártir, en el barrio de La Magdalena, que era el domicilio de los abuelos paternos. Allí nació su progenitor, el también poeta y dramaturgo, Manuel. Más tarde se instalan, de alquiler, en una de las viviendas ubicadas en el palacio de las Dueñas, que pertenecía a la Casa de Alba, donde nacería Antonio. Después se trasladan al número 1 de la calle Navas, (hoy calle Espina) y por último, al número 5 de la calle Orfila.

En 1883, el abuelo paterno, Antonio Machado Núñez, un gaditano que era profesor de Ciencias Naturales, además de médico y político, fue trasladado a Madrid, para impartir clases en la Universidad. Toda la familia se marcha con él hasta la capital del país. Llegan a la estación de Atocha de Madrid el día 8 de septiembre de ese mismo año. En esos momentos el poeta Antonio Machado tenía 8 años de edad.

En Madrid, las cosas no parecen ir demasiado bien para la familia Machado Ruiz, que cada vez tiene más dificultades económicas. En palabras del ensayista Pablo del Barco, “El carácter liberal de Machado Álvarez y su manifestado anticlericalismo le trajeron dificultades laborales, traducidas en problemas económicos, solventados en parte por el abuelo, Antonio Machado Núñez (…)”. En 1892, acepta un trabajo como Registrador de la Propiedad en Puerto Rico, con la esperanza de que su situación económica mejore. No obstante, al llegar a la isla, enferma gravemente y se ve en la necesidad de regresar. Volverá a Sevilla para morir en febrero de 1893, sin ni siquiera haber cumplido los 47. Lo hará, según cuenta Ian Gibson, en los brazos de su esposa Ana, que ha acudido desde Madrid para acompañarlo en el momento trágico de su muerte. Ninguno de sus hijos estaba junto a él. A Ana no le quedó más remedio que hacer de tripas corazón para poder sacar a su familia adelante.

A pesar de que tuvo varios hijos, Ana Ruiz siempre sintió debilidad por su hijo Antonio, con quien convivió una gran parte de su vida. Los últimos años de vida del poeta y de su madre transcurrieron paralelos. El golpe de estado franquista los sorprendió en Madrid. Allí, en la capital de España, Ana compartía la vivienda y la vida con su hijo Antonio. Cuando el gobierno republicano decide trasladar la sede del gobierno a la ciudad de Valencia, en noviembre de 1936, el poeta, su madre, sus hermanos Joaquín y José, la mujer de este, Matea, y los tres hijos de cada hermano, se trasladan a orillas del Mediterráneo, a pesar de que esta medida no le parece al poeta la más correcta, pero lo hace siguiendo las directrices del propio gobierno, y tan solo después de la insistencia de Rafael Alberti y León Felipe. Y allí, a orillas del mar Mediterráneo, Machado escribirá incansablemente, casi siempre de noche, dando a luz algunas de sus mejores páginas, durante los siguientes dieciocho meses. Pero el avance de las tropas fascista es inexorable. A la familia Machado no le queda más remedio que el exilio en Francia. Como miles de compatriotas en aquellos días terribles, el poeta más insigne de la poesía española, su querida madre, su hermano y su cuñada, se ven obligados a partir hacia tierras francesas. En el país vecino, los Machado, como el resto de los refugiados españoles, reciben un trato inhumano, por parte de las autoridades francesas, prácticamente el mismo que ahora se les da a otros refugiados en otras fronteras europeas: desprecio, insultos, hambre, enfermedades.

Por aquellos días, Ana Ruiz era una mujer de 84 años, enferma, frágil, a punto de romperse. Cuentan los que estuvieron cerca de ella durante aquellos trágicos momentos que la pobre anciana pensaba que estaba viajando hasta Sevilla, y cada instante preguntaba cuándo llegarían. Pero no llegó a Sevilla, sino a Colliure. Este pueblo francés de la costa mediterránea fue, a finales del siglo XIX, uno de los lugares favoritos de los pintores impresionistas y el sitio en el que Picasso y Bracques inventaron el cubismo.  Allí, en el humilde hostal Bougnol-Quintana, compartieron la misma habitación Ana y su hijo Antonio, que estaba muy enfermoy se sentía desolado y derrotado. Hasta el punto de que durante las semanas que vivió allí, sólo salió a la calle una vez. Acompañado por su hermano José una mañana bajaron a la playa, a mirar el mar. Murió el día 22 de febrero, miércoles de ceniza, por la tarde. Lo enterraron un día después, y a pesar de que Ana estaba muy enferma, cuando volvieron de darle sepultura, la anciana, según contaba su hijo José, le preguntó: “¿Qué ha sucedido? Traté de ocultárselo. Pero a una madre no se la engaña y rompió a llorar como una pobre niña. Dos días después, sus bellos dulces ojos se nublaron para siempre». Era el día 25 de febrero de 1939.

En la actualidad, los restos de la madre y el hijo descansan en la misma tumba. Ese mismo lugar que ha terminado por convertirse en un lugar de peregrinación para todos los que aman la poesía machadiana, un lugar al que cada año llegan miles de personas a decirles que no los olvidamos. Ni al poeta ni a su madre, Ana.

Sur: Revista de literatura: https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/461093

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