Se busca protagonista para la España rural

Desde el feminismo militante rural nos preguntamos ¿qué papel vamos a representar las mujeres en ese nuevo guión que se reclama cada vez con más fuerza para el 47% del territorio español que ocupan las provincias de la “España vaciada”?

Somos muchas las mujeres que vivimos en ese territorio, las que padecemos recrudecidos sus males y no queremos quedar otra vez al margen de la dirección de esta película, relegadas al papel de secundarias o al de figurantes.

Con frecuencia, el feminismo elabora su agenda y planifica sus estrategias desde los grandes núcleos urbanos, dejando en desesperante barbecho las dificultades añadidas y las necesidades específicas de las mujeres rurales. Esto ha propiciado que muchos de los grandes avances que el movimiento ha logrado en las últimas décadas en nuestro país hayan llegado con retraso o menoscabados al mundo rural y, en sentido inverso, que muchas de las problemáticas acuciantes de las mujeres rurales no lleguen nunca al orden del día de las instituciones con sede en Madrid: es el caso, por ejemplo, del derecho al aborto libre adquirido en 2010 y que garantizaría a las españolas el acceso a la prestación con independencia del lugar donde residieran, pero que once años después sigue sin poder ejercerse en Jaén, Teruel, Palencia, Soria…hasta un total de 11 provincias de la España vaciada.

Qué duda cabe de que frente a la pujante moda, acelerada por la pandemia, del retorno al mundo rural como alternativa de vida auténtica, sana y libre, el campo español, como señala A. Gándara (“Sueños en el campo de centeno”, Revista 33, eldiario.es, septiembre 2021) “nunca ha sido ese paraíso que algunos happy hippies quieren imaginar”. La España vaciada, afirma, se vació no solo por motivos económicos o materiales, sino también porque su ambiente era irrespirable y la presión social insostenible para cualquiera con un mínimo de sensibilidad o curiosidad, o que pretenda vivir al margen del férreo control al que se someten entre sí en las comunidades rurales sus habitantes a la hora de respetar el cumplimiento de ritos y hábitos tradicionales, de fuerte impronta patriarcal todos ellos por cierto.

El desencantamiento de nuestro mundo provoca una nostalgia encantadora que colorea cualquier tiempo pasado de un tono atractivo que lo mitifica y mistifica, ocultando el hecho de que la mujer que se levanta antes del amanecer en su granja para atender al ganado y luego las labores domésticas realiza tareas fatigosas y alienantes, para cubrir unas necesidades materiales inmediatas y que “ no puede permitirse el lujo de la especulación lógica, la efusión mística o la inquietud metafísica” (Pierre Bourdieu, El sentido práctico, 1980) porque detrás de cada una de estas tareas “encantadoras” desde cierta óptica urbanita lo que subyace son fundamentos brutalmente materiales de una sociedad implacablemente patriarcal: no olvidemos que una de las bases vertebradoras del añorado mundo rural de ayer es la función doméstica y subalterna de la mujer y la aceptación por parte de toda la comunidad de que el poder oficial está circunscrito a los hombres.

Entonces ¿ a qué mundo se nos está invitando a las mujeres cuando se nos insta a volver a los pueblos del interior? ¿Quién y como está diseñando el papel que la mujer jugará en esta “revuelta” del mundo rural?

Por ahora, y más allá de la reflexión nostálgico-sentimental y un tanto tramposa de la literatura o el cine, las reivindicaciones en materia de igualdad de las organizaciones de la España vaciada presentan un tinte más bien reformista que transformador. Aunque Beatriz Martín, senadora de Teruel Existe, ha afirmado que no se puede afrontar el desarrollo rural y el problema de la despoblación sin una perspectiva feminista, es sospechosa la insistencia de las distintas plataformas en su equidistancia de izquierda y derecha y en declararse “desideologizadas” dejándonos con la duda razonable de si mejores infraestructuras resolverán por sí mismas cuestiones “ideológicas” como el papel subordinado de la mujer en el mundo rural. Una perspectiva feminista supone abordar sin ambigüedad asuntos como las condiciones laborales de las temporeras, apostar por una educación pública, laica, civil y sin la tutela del pin parental como garante de la paulatina extinción de los roles de género machistas, o la imposición de cuotas obligadas de presencia y representación para las mujeres en sindicatos agropecuarios, cooperativas, titularidad de explotaciones y demás espacios de toma de decisiones y poder, tan fuertemente masculinizados en el mundo rural.

En definitiva, para que esa película de la nueva España rural tenga un final feliz para todo el mundo, las mujeres deben representar un papel totalmente nuevo, no el tradicional idealizado por quienes no lo han padecido, ni aunque sea modificado con algunas escenas extra para adaptarlo al gusto del siglo XXI, sino un papel verdaderamente protagonista que, a la fuerza, transformará por completo en un sentido feminista el guion de la España rural.

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