Escritoras que abren camino, nombres que no deben borrarse.
El Día de las Escritoras no es solo una fecha para llenar bibliotecas, escuelas e instituciones de nombres de mujeres. Es, sobre todo, una oportunidad para recordar que la literatura escrita por mujeres ha tenido que luchar durante siglos contra el olvido, la invisibilización y la voluntad de dejarla fuera del relato cultural.
Este año, esta conmemoración tiene un significado especial. En 2026 se cumplen cien años de la fundación del Lyceum Club Femenino, creado en Madrid en 1926 como un espacio de cultura, debate, amistad y libertad para las mujeres. Aquella experiencia permitió que muchas mujeres pudieran encontrarse, leer, escribir, pensar y participar en la vida cultural e intelectual de su tiempo. Cien años después, su legado sigue interpelándonos.
El lema de este año, «Lyceum Club Femenino: las amigas como forma de libertad», pone en valor una idea que todavía conserva toda su fuerza: las mujeres que se ayudan, que comparten conocimientos, que crean redes y que se dan voz unas a otras pueden transformar la sociedad. El Lyceum fue, en este sentido, mucho más que una asociación cultural: fue un espacio de emancipación.
Aquellas mujeres sabían que juntas eran más fuertes. Sabían que compartir cultura era una forma de libertad. Sabían que crear espacios para las mujeres significaba también crear futuro.
Por eso, este Día de las Escritoras debería ser también un día para preguntarnos qué nombres queremos conservar y qué voces queremos transmitir.
Cien años después del Lyceum, todavía necesitamos dar visibilidad a las escritoras.
Todavía necesitamos recordarlas.
Y, sobre todo, todavía necesitamos que sus nombres sigan abriendo puertas.
Porque borrar el nombre de una escritora de algún lugar no borra su obra, pero sí nos priva de una oportunidad para explicarla y transmitirla.
Y la mejor manera de honrar a las mujeres del Lyceum, a las escritoras que nos han precedido es muy sencilla: leerlas, estudiarlas, citarlas, llevarlas a las aulas y dejar que sus palabras sigan hablando.
Que cien años después, sus voces no sean silenciadas.
Que sigan escribiendo —y viviendo— en nuestra memoria.






