Todas iguales perteneciendo a minorías.

|Verónica Martínez Delgado |
STEG

Ilustracion: Camila Mójica | flickr.com/photos/camilamove/


«As pessoas são tão diferentes. Aprecio muito que o sejam. Ser tudo igual é característica de azulejo na parede e, mesmo assim, há quem misture. […] Estou cada vez máis certa que o paraíso são as outras».
Valter Hugo Mãe

La exclusión social que más me preocupa y me ocupa en la actualidad, por hallarse normalizada y considerarse tolerable, es la ejercida sobre nosotras, las mujeres, en todas nuestras dimensiones y matices, las mayores, las niñas, las mujeres con diversidad… Nuestra sociedad es paralela.

El antropólogo Marc Augé, en su teoría de los no-lugares, define los mismos como esos espacios de paso, sin identidad, sin valor histórico o intrapersonal, no relacionales, donde no hay opción al diálogo ni a la mirada. En cambio, los lugares son espacios para el encuentro, para el cruce, para la relación, para la complicidad en el lenguaje, para la comunidad; espacios practicados donde saber vivir, que describen el paisaje de la existencia cotidiana, surcado por actrices y transitados por la palabra.

En la nuestra, la sociedad líquida [1], en la que estamos inmersas, apropiándome del término de Zygmun Bauman, mantenemos demasiadas relaciones interpersonales frágiles y de consistencia precaria o efímera.

En el contexto de una sociedad capitalista, las mujeres somos tratadas como mercancías, consumidas o descartadas en cualquier momento, cuando dejamos de ser «útiles»; relegándonos a un no-lugar social e incluso físico.

Las mujeres deberíamos ser libres para vivir según nuestras preferencias o prioridades. Todas tenemos derecho a una vida digna. Esta, puede verse condicionada por limitaciones o impedimentos de diversa naturaleza. Esto no debe ser óbice para que disfrutemos de la oportunidad de construir un marco vital satisfactorio y de dotar a nuestra existencia del reconocimiento como parte activa y de pleno derecho dentro de la colectividad. Privar a una mujer de este lugar es destruirla, asesinarla, aunque sea por negligencia.

No aceptamos la diversidad en la totalidad de sus manifestaciones. Continuamos excluyendo, porque así lo aprendemos en nuestro contexto socio-económico, a la otra, desde la identidad canónica impuesta por las presiones o las preferencias sociales. La otra es la extranjera, la madre soltera o la que no quiere ser madre, la lesbiana, la transexual, la mujer desempleada, la mujer en situación de maltrato machista, la refugiada, con enfermedades, con diversidad funcional o incluso la divorciada.

La alteridad (el yo en relación con el lugar que ocupamos entre las otras, y el lugar que las otras ocupan en nosotras); nos lleva en ocasiones a la no aceptación, a la no inclusión, al rechazo y a la exclusión social.

La exclusión social que más me preocupa y me ocupa en la actualidad, por hallarse normalizada y considerarse tolerable, es la ejercida sobre nosotras, las mujeres en todas nuestras dimensiones y matices, las mayores, las niñas, las mujeres con diversidad…, nuestra sociedad es paralela.

Las mayores son rechazadas: sus cuestiones y necesidades parecen ser para-humanas. Las llevamos a creer que no merecen la misma consideración que una mujer joven, trabajadora activa y con salud. Comienzan a perder derechos en el momento en que las desvalorizamos, que las disminuimos social e individualmente, como elementos improductivos. Muchas aceptan tácitamente que son prescindibles. Solas y olvidadas, esperan, en silencio, a la muerte.

Una sociedad que presuponga a las mujeres mayores como una carga, implica de por sí un acto de violencia, y difícilmente conseguirá ser una sociedad madura. El Estado que continúe justificando que se puede sobrevivir con 443 euros al mes, está ejerciendo maltrato institucional sobre estas mujeres. Crea fundamentos y es corresponsable de todos nuestros perjuicios. No puede hablar de ética, ni de cuidados, ni de políticas en Servicios Sociales, ni de estado de bienestar o de atención a la dependencia. Y son, sin duda, este tipo de decisiones, y otras, las que fomentan y perpetúan los no-lugares.

Las niñas están sometidas al mismo silencio y a la misma violencia, cuando no a otras violencias peores, que nuestras mayores. No hay lugares ni físicos, ni temporales, ni emocionales que se adapten a sus necesidades. Corren al ritmo de las adultas, por ciudades, por escuelas y múltiples espacios inabarcables, sin refugio, espacios de una escala que las desborda, construidos y adaptados a la sociedad productiva

La condición de refugiada, desde la Convención de Ginebra de 1951, se tiene si eres perseguida por raza, nacionalidad, religión, motivos políticos y pertenencia a determinado grupo social. Tuvimos que esperar hasta el 2008 a que ACNUR publicara directrices de protección específicas, sobre como transversalizar el género en políticas de asilo (mujeres que se enfrentan a tratos crueles o inhumanos, por transgredir costumbres de la sociedad en que viven) para ser reconocidas cómo refugiadas por pertenecer a un determinado grupo social. En la Ley orgánica de 3/2007, por la igualdad efectiva de mujeres y hombres se reconoce la condición de refugiadas a las mujeres extranjeras que huyan de sus países de origen debido a un temor fundado a sufrir persecución por motivos de género. Con todo, de la cuota que nos comprometimos a recibir en España, de 17.387 refugiadas, sólo se acogieron a 1.212, dejando 16.175 a su propia suerte, sufriendo así doble exclusión.

A pesar que desde muchos ámbitos sociales luchamos para erradicar las desigualdades existentes entre hombres y mujeres, y que las políticas actuales comienzan a promover acciones que pretenden eliminar la discriminación por razón de género, dichos avances no se repartieron por igual entre todas las mujeres, padeciendo muchas de ellas doble discriminación. Por ejemplo, las mujeres con diversidad forman un grupo social aislado, invisible e invisibilizado, que se enfrenta a todo tipo de restricciones y limitaciones, además de a riesgos mayores, sometidas a la diferencia por su diversidad además de por ser mujer. Viven rodeadas de estereotipos y prejuicios que merman su capacidad de participar, de decidir y de contribuir en la sociedad en la que vivimos, relegadas totalmente a los no-lugares.

La sociedad de estas mujeres es paralela porque está fuera de las grandes decisiones, incluso de las que les afectan de modo directo. Son un no lugar, un no asunto; no hay tiempo ni espacio para ellas. El canon, el patrón y respeto es para algunas (demasiado poco y demasiadas pocas) mujeres jóvenes y normalizadas.

Ridiculizamos a las mayores tratándolas cómo mujeres no conscientes ya, sin lucidez o entendimiento, «como niñas», y a las niñas como mujeres no autónomas y sin poder de decisión, ni apenas de opinión, vulnerando sus derechos de verdaderas ciudadanas que son.

Muchas luchamos para que todas reflexionemos y encontremos las ideas [2] y las acciones necesarias para dejar de estar demasiado ocupadas para el afecto, para la atención, para los cuidados, para darle un lugar a la otra.
Es un deber y un derecho que todas sepamos sacar partido de la diferencia, permitirnos a las mujeres pensar y ser por nosotras propias. ¿Por qué nos colocamos en un plano superior desde donde poder excluir o incluso juzgar? Si nos parásemos a pensar, nos percataríamos de que todas tenemos varias diversidades también, sólo que en algunas de nosotras son invisibles. Tenemos que permitirnos ser en nuestra diferencia.

Ocupar un espacio es diferente a tener un lugar. Ocupar un espacio es señalar unas coordenadas físico-temporales sencillamente, pero tener un lugar supone indicar unas coordenadas socio-afectivas en el mapa de la alteridad. Coloquemos a la otra en un lugar, el lugar que merecen. Cambiémoslas de posición, localicémoslas en el mapa de la diferencia.


[1] En la sociedad posmoderna, donde todo es temporal y pasajero, incapaz de mantener la forma, como los líquidos, (de ahí proveen la denominación metafórica); nuestras instituciones, referentes, estilos de vida, creencias y convicciones mudan antes de que se solidifiquen en costumbres, hábitos y verdades auto-evidentes.
[2]Tampoco tendríamos que buscar mucho. Existen ya múltiples proyectos que dan solución a los problemas que acerco y sólo habría que implementarlos. Por ejemplo, La ciudad de los niños de Tonucci propone el papel activo y protagonista de los niños y de las niñas en las ciudades, convirtiéndolos en un lugar para ellos y ellas.


Este artículo se publicó en El Clarión nº 51 Especial 8 de marzo 2019 http://organizaciondemujeres.org/el-clarion-no-51-especial-8-de-marzo-de-2019/

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