Las mujeres de la clase obrera, las grandes víctimas de las guerras del capital.
La violencia sexual en los contextos de conflictos bélicos es un fenómeno que, lejos de ser un asunto aislado, se inscribe dentro de las estructuras de opresión y explotación que caracterizan al capitalismo. Como sindicato de clase, creemos necesario abordar este tema no solo como una atrocidad en sí misma, sino como un reflejo de la degradación del ser humano bajo sistemas que propagan la guerra como medio para mantener el control y el dominio.
En las guerras, la violencia sexual es usada sistemáticamente como herramienta de opresión. Actúa como un mecanismo de terror que busca desestabilizar las sociedades, destruir la cohesión social y deshumanizar a los adversarios. Sin embargo, detrás de esta barbarie se encuentra una lógica económica y social bien definida que merece ser analizada. La clase trabajadora, es la que más sufre las consecuencias de estos conflictos. Quienes ostentan el poder, los grandes capitalistas y sus aliados políticos, utilizan la guerra para proteger sus intereses económicos, mientras la clase obrera se ve atrapada en un ciclo de violencia y explotación.
Los datos indican que, de los 123 millones de personas desplazadas en todo el mundo por violencia o conflictos armados, 56 millones son mujeres y niñas. Un 70% de ellas (más de 39 millones) sufren o sufrirán violencia de género ( Dato de marzo de 2025). En 2023, según los datos mas actualizados de los que disponemos, la proporción de mujeres asesinadas en conflictos armados se duplicó respecto a 2022. Además, los casos de violencia sexual relacionada con los conflictos verificados por la ONU aumentaron un 50% en 2023. Dato que solo refleja una parte de esta dramática realidad, pues en muchos casos no se denuncian o no se pueden verificar.
Esta violencia se ha convertido en una estrategia para arrebatar a las sociedades su dignidad y su resistencia. Los cuerpos de las víctimas pasan a ser campos de batalla donde se renegocia el poder. Es necesario visibilizar cómo, bajo esta lógica destructiva del capitalismo, la opresión de género se entrelaza con la opresión de clase. Las mujeres trabajadoras son doblemente vulnerables; no solo enfrentan la violencia de género, sino que también sufren las precarias condiciones laborales y la falta de derechos básicos en tiempos de paz. La proporción de mujeres asesinadas en conflictos armados se duplicó respecto a 2022. Además, los casos de violencia sexual relacionada con los conflictos verificados por la ONU aumentaron un 50% en 2023. Dato que solo refleja una parte de esta dramática realidad pues en muchos casos no se denuncian o no se pueden verificar.
Una de las características más alarmantes de la violencia sexual en tiempos de guerra es su sistematicidad. Las fuerzas armadas, ya sean estatales o grupos insurgentes, a menudo implementan políticas que desalientan la resistencia, utilizando la violación no solo como un acto de agresión, sino como arma estratégica. Esta medición del miedo tiene consecuencias devastadoras, tanto físicas como psicológicas. El estigma y la vergüenza que enfrentan las supervivientes son barreras que refuerzan la cultura del silencio, perpetuando así el ciclo de la violencia.
Como clase obrera, creemos que es crucial abogar por una respuesta colectiva que desafíe estas dinámicas. Los sindicatos deben convertirse en plataformas de concienciación y acción, donde se discutan las formas en que la violencia sexual se
inserta en el contexto más amplio de lucha de clases. No podemos permitir que la voz de la clase trabajadora sea silenciada y que el sufrimiento de quienes han padecido esta violencia se convierta en un hecho olvidado. Hay que promover una solidaridad activa, donde se apoye a las víctimas y se exija justicia plena, que no solo contemple sanciones penales, sino también reparaciones integrales.
En este sentido, el papel del sindicato es esencial en la reconstrucción del tejido social afectado por la violencia. Debemos ser agentes de cambio y promotores de políticas inclusivas que garanticen los derechos de todas las trabajadoras y trabajadores, sin distinciones. Es necesario impulsar campañas que demanden atención primaria, formación en derechos humanos y la creación de espacios seguros para las supervivientes. La educación juega un papel vital en este proceso. Debemos formar a nuestra base sobre la importancia de la igualdad de género y de los derechos reproductivos, enfatizando que la lucha contra la violencia sexual es parte de la lucha por una sociedad más justa.
La unidad de la clase trabajadora, siendo diversa, debe fortalecerse en torno a un objetivo común: poner fin a la violencia sexual en los conflictos bélicos y construir un mundo donde la dignidad de cada individuo sea respetada. Solo así podremos enfrentar la estructura de opresión que nos encadena, que es la misma que, estrechamente vinculada con el capitalismo, nos conduce a la guerra.
Finalmente, es importante recordar que, si bien la violencia sexual puede parecer un fenómeno que se desencadena en la guerra, sus raíces están profundamente sembradas en las relaciones desiguales de poder que operan en tiempos de paz. Como sindicato de clase, nuestra responsabilidad es desmantelar estas estructuras de opresión en todas sus formas. En la lucha por la justicia social, ninguna forma de violencia debe ser tolerada, y debemos trabajar incansablemente hasta que todos los sectores de la clase trabajadora estén libres de la amenaza de la violencia sexual, ya sea en tiempo de guerra o de paz.
Organización de Mujeres de la CI
19 de junio 2025





